Escuela que arde también está enseñando
Ensayo redactado por docente obligada a asistir y permanecer en una institución educativa a pesar de la ausencia de estudiantes en contexto del partido de semifinales Argentina - Inglaterra (julio 2026).
Hablemos del carácter religioso que se cierne sobre las escuelas hoy en día. La vocación de servicio que signa una institución en decadencia, con estándares y formatos creados dos siglos atrás. La escuela, romantizada por un lado, sosteniendo los estandartes patrióticos de un país migajero sin soberanía nacional. Por otro, el kiosko 24/7 al que lxs docentes asisten, incluso ante una alerta meteorológica. ¿Por qué? Vocación de servicio. Entrega desinteresada e infinita. No vaya a ser que ingrese un estudiante en emergencia sapientaria pidiendo saber el mínimo común múltiplo o la división silábica de es-tu-pe-fa-cien-tes.
La escuela es la guardería que no puede cerrar, la que mantiene el sistema sobre ruedas, la productividad sin frenos. La escuela como espacio también que no garantiza inserción laboral ni proyección profesional de ningún tipo. La ausencia de sentido. Entre el sinsentido y la obligatoriedad, entre la ociosidad de una institución y su rol imprescindible en las dinámicas y economías familiares, ahí está la iglesia. Quiero decir, la escuela.
Esto se sostiene por varios factores: cambios en el entramado social, transformaciones en el mercado laboral, el advenimiento de una Cuarta Revolución Industrial dada por los agigantados avances tecnológicos de los últimos años y por políticas de Estado que lejos están de subsanar la brecha entre la escuela y la realidad social del siglo XXI.
Tomando una de las políticas educativas de los últimos años, a partir de la implementación del llamado “Período de intensificación y profundización de la enseñanza y el estudio” (diciembre 2020) en la provincia de Buenos Aires -y con algunas variaciones en Mendoza-, lxs pibxs tienen distintas instancias de recuperación de contenidos -eufemismo para chances de ponerse las pilas: en febrero, unas semanas después, en marzo, en julio, en noviembre y en diciembre. En cualquier momento pueden tomar la decisión de comenzar el año, ponerse al día con los contenidos abordados desde el inicio del ciclo lectivo o con los contenidos incluso del año anterior, del anterior o del anterior del anterior. Cuando quieras, cuando vos precises y desees va a haber alguien precarizado y mal pago que va a estar en la obligación de armarte una propuesta pedagógica acorde a tu situación. Cuándo no, de averiguar lo que rendiste en otros años, con otros docentes, en otros colegios. Todo por el módico precio de 14.911 pesos la hora trabajada que, con el máximo de horas titulares habilitado para docentes, sería un sueldo -máximo- de $1.169.529 sin antigüedad docente. Y aquí, florecillas, nos pondremos puntillosxs. Cada curso ante el cual se encuentra a cargo un docente implica:
Planificar contenidos, tiempos, estrategias, criterios y métodos de evaluación anuales; planificar secuencias didácticas por unidad, tema abordado o clase; seleccionar, crear, suministrar material teórico de estudio -muchas veces crear un módulo porque los manuales ya no están al alcance de las familias o no son una prioridad para las mismas-; crear un tramo acompañado o período de integración -el famoso período diagnóstico- acorde a las necesidades del grupo; tomar asistencia en cada clase, llevar la contabilidad de la misma; crear instancias evaluativas no convencionales -nadie pasa un examen escrito-; corregir las producciones -agradecer si no se utilizó IA-; crear y supervisar un aula virtual o classroom; llevar el seguimiento actitudinal y pedagógico explicitado en cuaderno de comunicaciones -si el chico no hizo nada, se durmió, contestó mal, no trajo la carpeta o está duelando una mascota del pasado, anotalo-; llevar el seguimiento de calificaciones en cuaderno de comunicaciones; aviso de material, instancias evaluativas -y otras yerbas- en cuaderno de comunicaciones; adaptar contenidos para chicos con Proyecto Pedagógico Individual; garantizar la comunicación y notificación adecuada de acompañantes terapéuticxs, maestrxs inclusorxs, equipos de orientación, directivos y familias -sí, 150 grupos de whatsapp y chats individuales-; lectura de informes de PPI y redacción de informes a gusto y piacere de directivos, equipos de orientación y profesionales que acompañen a lx niñx-; completar libro de temas, firmar partes; completar asistencia para el colegio; cuidar la integridad psicofísica de lx niñx dentro del aula; asistir a perfeccionamientos docentes o capacitaciones; suministrarse todo el material de trabajo que precise: no hay libros, no hay material pedagógico, no hay manuales, no hay borradores, no hay cuadernos, no hay lapiceras, no hay fibrones ni tinta para el docente, no hay absolutamente nada; coordinar actos escolares, bailes, cantos, ferias de platos, actividades protocolares entremedio de clases, sin afectar el curso normal de las mismas, sin alterar instancias evaluativas ni contenidos dictados; intensificar contenidos pendientes de acreditación del año en curso, de otros años, de otras vidas, a la vez que profundizar contenidos dictados en los últimos meses, atendiendo las particularidades de cada trayectoria educativa en cursos de 30 a 40 estudiantes; coordinar ferias, eventos y salidas escolares, llenar la documentación pertinente; atender a las familias, generar reuniones de padres o simplemente recibir los piedrazos con buena cara.
Y ni hablar de las tareas implícitas que implica ser docente. Somos madres, padres, acompañantes terapéuticos, psicólogos, asistentes sociales, y un largo etcétera. Educar, enseñar, es una de las últimas tareas que lleva a cabo unx profesorx. Alguien formado entre 5 y 10 años en una universidad, alguien que, por ejemplo, sabe traducir griego koiné pero alfabetiza adolescentes de 13/ 14 años en escuelas privadas. Y así está la cosa.
Las escuelas son las iglesias del siglo XXI. En un limbo institucional absoluto, los colegios se encargan de “contener” la marginalidad social de un sistema desigual en donde las reglas del mercado laboral cambian a pasos agigantados. Y ahí estamos, diciendo que, cuando puedas, te aprendas algún que otro rasgo del género policial, a ver si podemos tomar una pequeñita defensa para que nos quede solo un temita en la intensificación que viene. Ahí estamos. Abriendo las puertas pase lo que pase, llueva, truene o haya una peste bubónica liquidante -puede ser la reaparición de tu enfermedad medieval favorita, por cierto, aconteciendo gracias a la falta de políticas sanitarias de los últimos años-, fingiendo que todo está bien, manteniendo la matrícula y proyectando una falsa inclusión social para sostener los índices de escolaridad mientras el 72,9% de la población no alcanza el nivel básico en Matemáticas y el 54,5% no puede identificar la idea central de un texto (Pruebas Pisa, 2022).
Resta preguntar, ¿Qué lugar ocupan, entonces, las iglesias? tal vez una lúdica imbricación entre reuniones de tupper, circo o centros de salud mental. Tal vez, peor aún, un reemplazo de la tan necesaria organización social y colectiva. La sustitución -en una nueva fase de oscurantismo- de la indignación por la fé.
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